Hacernos en el sentido de la Nueva Bondad

 

Transcurrimos en unos tiempos... sin tiempo –por ejemplo-; con espacios sin espacios –por ejemplo-; con una precipitación sin ritmo –por ejemplo-. 

Y con ello, la Llamada Orante nos sitúa en la necesidad de –digamos- “revisión”... de todo lo que se ha ido acumulando, a lo largo de las historias, como inamovible, como seguro, como cierto, como verdadero, como auténtico, y que ha condicionado nuestras respuestas, nuestras creencias, nuestro estar, nuestras decisiones, nuestras promesas. 

La transmisión impositiva, dominante, exigente y esclavizadora de lo más fuerte, lo más poderoso, lo más influyente, ha ido condicionando cualquier búsqueda, cualquier descubrir, cualquier imaginación. 

Podría decirse –sin temor a equivocarse mucho- que, como especie, nos hemos esclavizado. Y a lo largo del tiempo sin tiempo, y del espacio sin espacio, nos hemos precipitado a decisiones, a posiciones, a radicalismos, a conclusiones precipitadas. Que, como un “precipitado” –es decir, aquella sustancia que no se disuelve-, se precipita al fondo del vaso... y crea un estatismo, una imposición. Lo sobrenadante está sometido a la influencia de lo precipitado. 

Y así nos movemos entre lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo alto, lo bajo: esa dualidad, sin duda, signo de esclavitud, que impone lo que debe ser y, aún más, lo que es, con el único aval de que lo dijo aquel... lo impuso o lo impusieron aquellos... O ya lo dijo Aristóteles o Platón o Kant o... cualquier influyente y poderoso afán que generó una idea y un elemento más de dominio. 

Y es así que, desde la más tierna infancia, los progenitores, la escuela, las amistades, los juegos, los trabajos, los jefes, los religiosos... –véanse religiones-, los guías políticos, económicos –véanse gobiernos, estados- y sus correspondientes límites, crean toda una ¿filosofía?... del estar, del hacer. 

Y así, los movimientos de lo humano se restringen según las necesidades del poder. 

Y fijarse en un ejemplo.

En este lugar del planeta en donde estamos, por las características de la población, según las opiniones más conservadoras, como el Banco... el Banco del país[1], se asegura que necesitamos aproximadamente un millón de emigrantes al año, durante varios años, para poder paliar lo que se ve venir de falta de recursos para generar productos y medios para garantizar –entre otras cosas, por ejemplo- las pensiones y... el sistema sanitario, etcétera. Digamos que “pensiones”, “sistema sanitario” y “educación” –por poner algo así-.

Punto y seguido. Es obvio que la Comunidad Europea establece una estrategia –en la que participa nuestro país- en la que la emigración está totalmente restringida. Se invierten ¡cientos de millones! –cientos de millones, en intermediarios países con graves problemas de gobernabilidad-... se invierten millones en policía, en fronteras, para que no vengan a perturbar nuestra estabilidad.

Punto y seguido. Pero, ¡qué curioso! Este año pasado nos visitaron 85 millones de turistas. En un año. O sea que si vienen un ratito y... “emigrantes”, pero vienen un ratito a consumir... 

¡85 millones! Probablemente este año lleguemos a 100 millones; y seamos el primer país, o casi el primer país, con más turismo del mundo. “Del mundo”.

Mientras –a la vez- las barcazas naufragan. Mueren. Se establecen residencias –que antes eran “centros de acogida”, ahora son cárceles-, se deportan... y un largo etcétera que todos “conocemos” –entre comillas- por las noticias. 

Y se establece como “normal”, ese fluir de humanidad... racista. 

Y como ejemplo de millones, nos vale. 

Pero, proporcionalmente, esos millones también se dan en el estilo de vida, en las creencias, en las actitudes, en las relaciones de cualquier tipo: personales, íntimas, familiares, etcétera.

El establecer un vivir esclavista, en una especie que reside en un lugar del Universo en el que las diferentes biodiversidades saben de su lugar, su hacer, su deber... nos motiva, desde la Llamada Orante, a esa revisión de nuestras posiciones, creencias, fe, fidelidades... 

Ya que la Especie Vida es una “singularidad” –dentro de nuestro profundo desconocer del universo inmediato-, no se plantea como un sistema esclavista, racista y sistemáticamente castigador, impositor... de cualquier detalle; a veces abruptamente, otras veces sibilinamente. Pero “el ácido de la crítica”, del poder que cada uno cree ostentar, se hace un látigo implacable. 

Y puesto que el sentido del vivir no es el morir, no es el sacrificarse, no es el dolerse, sino que es el estar, contemplar, hacer en el sentido de las capacidades, descubrir, aprender, compartir, jugar... 

Es fácil descubrirlo en cualquier especie. 

Ahora bien. El estilo desarrollado por la humanidad es un estilo arrollador, dominador, controlador; no sólo del entorno, sino de él mismo, de la misma especie. Con lo cual, se hace doblemente esclavista: esclavista hacia el entorno y esclavista hacia sí mismo.

La singularidad de la vida, la biodiversidad de la vida, la liberación del vivir, se hace, así –digamos que invocando a la bondad-, muy difícil. 

Y es así que, quizás “exageradamente”, se podría decir que la humanidad se ha convertido en residuos –así, dicho deprisa, para que se pueda escuchar u olvidar rápidamente-; en precipitados. 

Deja de ser “fluido”, deja de ser bebible, deja de ser potable, para convertirse en una especie tóxica para sí misma y para todo el entorno. 

Y lo especialmente significativo, desde la Llamada Orante, es que esto no es una perspectiva o visión de “aquéllos” –que son malos-, de “aquellos otros” –que son...-. ¡No! Sino que es algo aplicable a cada individuo.

Que la revisión –o sea visionarse, visionar de nuevo- le corresponde a cada ser. No le corresponde a este dominador o a aquél. No, no, no. 

Cada ser ya va marcado con su número clave de esclavo, de una manera o de otra. 

Y le aguarda este, aquel y el otro destino. 

Es curioso: el mundo “libre” critica las castas hindúes. Es curioso, ¿no? ¿No hay castas en el mundo “libre”?

Corrupción, prostitución, guerra, incultura, hambre... y un largo etcétera. Eso sí, es un mundo libre. Ahí empiezan las filosofías de crear microsistemas, al margen de las evidencias de Universo. 

“Crear verdades”… 

¿Se puede crear una verdad? 

Podría decirse que resulta evidente que, para hacer una ‘re-visión’, para visionar de nuevo la vida, se requiere contar con otros elementos que no son los que se evidencian hasta ahora, puesto que, si empleamos los mismos métodos, el resultado va a ser parecido; o, mejor dicho, peor

Con cierta frecuencia –hace ya un tiempo- decíamos que estaba... –desde la óptica orante- decíamos que estaba todo por hacer

Y con el paso de ese impostor que es el tiempo, se ve que cada vez es más evidente. 

Y “todo por hacer” implica ahora esa ‘re-visión’ de “mi” posición, de “mi” actuación, de “mi” disposición, de “mi” creencia.

Una revisión... “bajo” –entre comillas, lo de bajo- la inspiración orante, bajo el sentido universal. Entendiéndose por “universal” aquella posición que contempla a la Especie Vida –como así venimos anunciando-, que agrupa a toda la materia viviente. 

Esta perspectiva que nos da la Oración, bajo esta óptica, pudiera parecer, en base a las verdades impuestas, dominadoras... –en base a ello-, podría parecer una posición, si se le da una cierta creencia –cierta, nada más-, una posición ¡terrible!, con unas posibilidades escasas de realmente revisionarse. 

Pero, bajo la perspectiva orante, es totalmente distinto. El poderme dar cuenta, el haber llegado a un punto en el que, desde la inspiración de lo orante, se me muestra cuál es la posición que como especie y como individuo ocupo, es una revelación liberadora. No es una mala noticia. 

Es un descubrir que, en esa revisión –cuidado: no confundir con el revisionismo político, sino que es entrar en otra visión de lo que tenemos, como nos está conduciendo la oración ahora-, estaremos en condiciones de alegría, de alborozo, por darnos cuenta, porque nos han hecho “caer en”, porque hemos colocado las piezas de “nuestras verdades” en otras posiciones, y se han derretido, se han precipitado. 

Y a lo mejor –a lo mejor- los grandes mitos: Pasteur, Darwin, Freud, Marx… a lo mejor, en sus sistemas de poder, no es que estuvieran equivocados, sino que eran esclavizadores: excluían... sometían... unas evidencias, a unas verdades. 

Si le dijeran... –para ver un ejemplo muy simple- si le dijeran a Pasteur, con sus teorías –que siguen dominando, claro-, pero si le dijeran por un momento que hoy se hacen trasplantes de heces para mejorar la microbiota, y así mejorar el sistema inmune y la capacidad cognitiva, probablemente le daría un vahído o un mareo o algo así. 

Y esto no significa que hayamos avanzado, no, pero la conceptualización del microbio, de la infección, de... 

Todos los días mueren un número significativo de personas, en hospitales, víctimas de infecciones bacterianas. Pero, atención: no por las súper-bacterias. No. No, no. Por las bacterias comunes y normales. Más muertos que los que perecen en los accidentes de tráfico. 

Son números y estadísticas, sí, sí. Pero como dicen algunos revisionistas: “Cuanto menos vayas al hospital, mejor”. Pero a la vez se ha hecho necesario. 

Se reúnen los sabios, los expertos –porque ahora, la palabra “sabios”, no, no, no, pero son expertos, y sobre todo neurocientíficos; todos son ya neurocientíficos y expertos-, se reúnen para evidenciar lo evidente –por ejemplo en el caso de los hospitales-, y se sigue ‘inversionando’ en nuevos y potentes antibióticos para las súper-bacterias. ¡Pero!... la mayoría de esas personas que perecen, lo hacen por bacterias simples, debido a que vienen ya muy medicados, debido a que su sistema inmune está debilitado, debido a que la atención, el servicio, los protocolos de cuidados están alterados por falta de personal, por falta de preparación del personal, por descuidos consentidos... y, bueno, pónganle un largo etcétera. 

Así que, en ese caso –como planteado en otro caso-, el factor “suerte” tiene mucha importancia. Ya hace muchos años que se inició un estudio –que desconocemos cómo va y si sigue- a propósito de la suerte y la salud. Se inició en Oxford, en Inglaterra. Muchos años hace. No tenemos noticias de ello. 

Pero es difícil resistirse a que “no existe la suerte”: ese conjunto de pequeños detalles que hacen posible –siguiendo con el ejemplo- que el médico de guardia esté muy atento, que el personal de ese turno esté muy capacitado, que se lleven a cabo las prospecciones necesarias, que se establezca un diagnóstico correcto… 

Hay que tener suerte. Porque lo más probable es que... “a lo mejor, el anestesista”, “quizás el material que se emplee”, “a lo mejor no estaba aquel fármaco” o “estaba pasado de horas aquel técnico, y no pudieron hacer lo que…” y ese largo etcétera. 

¿Habrá que creer en la suerte? 

¿Y cómo se organiza la suerte? 

Napoleón Bonaparte decía que había que buscarla. Él no la encontró. 

Quizás la suerte esté en esa ‘re-visión’ en la que nos posicionemos bajo otras perspectivas, y evaluemos nuestras actitudes-decisiones... con esos amaneceres que dan pie a nuestra vida, con ese Amor con el que la Creación nos distingue para poder seguir hablando, respirando, comiendo, aplaudiendo...; criticando, revisando, insultando, y todo ese largo andar que nos coloca en una posición claudicante, con cojera, con cansancio.

Con esa actitud de desespero que, en el fondo, es un producto de soberbia. Porque si se hicieran las cosas como uno quisiera, no pasaría eso o aquello o lo otro, ¿verdad?

Si tuviéramos que puntualizar todo ello en una frase breve, concisa, que nos impacte, podríamos decir –y ya se ha comentado otras veces- que, el mundo –fíjense qué concepto: “el mundo”-, el mundo –en cualquier caso, para entender rápido- no está hecho a nuestra medida”. Y por mucho que queramos, nunca lo haremos a nuestra petición. 

Y eso es una esclavitud.

Y lo que es peor: una esclavitud que no plantea soluciones, porque el ser se sigue empeñando en hacer un mundo a su medida. Todavía estamos. Y así se muestra la Llamada Orante, para anticiparnos a empezar en algún momento a desmontar todo este precipitado. Y hacernos solubles, potables, servidores de necesidades y aceptadores de ellas, huyendo de “las verdades”; esas que no dejan pasar el aire; esas que no permiten el amanecer; esas que se cierran en sus clavos.

El parar en la egolatría, y decir  a las visiones liberadoras, nos pueden llevar a ese sosiego en el que no precipitemos, en el que no nos hagamos residuos y esclavos permanentes, tanto los esclavizadores como los esclavos propiamente dichos. 

“Hacernos en el sentido de la Nueva Bondad”, bajo la Misericordia que nos regala la Providencia permanentemente..., nos hace entreabrirnos a otras visiones: las que se corresponden como habitantes del Universo.

 

[1] El “Banco de España”

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