Habitantes habitables

 

Bien podría, la Llamada Orante, hacerlo a los habitantes del universo. Y todo lo llamado “habitable” se diera por nombrado, comprometido, afiliado a la Especie Vida.

Y en ese “bien haría la Llamada Orante”, se promueve hacia el mantener, conservar, desarrollar y transformar, ese acontecer vital, en nuevas buenas, en nuevas bondades –como ya se ha dicho-.

Y con ese sentido, cada habitante se siente representante de todo lo habitable

Y, además de ser único y singular, también es el equivalente a lo infinito y global. 

Y así, cada habitante –humano, por ejemplo-... podría mostrarse y expresarse según su sentir, pensar y hacer. Pero, también, según los habitantes de los valles, de las montañas, de los mares…; de esa pluralidad inabordable desde la óptica del saber, pero sentible, puesto que nuestras composturas están configuradas con las mismas sustancias, con las mismas instancias, con las mismas... capacidades, pero orientadas de forma diversa.

Sentirme habitante es... sentirme habitado por un proceso de Creación que, en el caso de la referencia de la Llamada Orante, es a través del Misterio Creador... como referencia que abarca cualquier otra propuesta.

El ser habitante me coloca en habitar en funciones, relaciones, proyectos, realizaciones, actitudes... 

Simultáneamente habito y me habitan. Y me habilito para proyectarme. 

Y así se alcanzan habilidades que dan cauce a las necesidades –y a satisfacerlas- para que, en esa medida, lo habitable sea creativo, novedoso, bello...; “indiscutible”. 

Pero no un indiscutible de “tener la fiesta en paz”. No. Eso es “pan para hoy y hambre para mañana”. Un indiscutible que –como dice la palabra- no precisa discusión.

Las cejas, las pestañas, el bello pubiano o el cabello… no discuten entre sí. ¡Vamos, que sepamos hasta ahora! Son indiscutibles. Y alguien diría:

.- Pero son pelos, en definitiva.

.- Sí. Pero tiene gracia, ¿no?, que los pelos vengan –¡por los pelos!- a recordarnos que somos indiscutibles; y que la discusión sólo crea la disgregación, la desadaptación, el roce herido, la demanda.

Ya decía el dicho, que “dos no discuten si uno no quiere”.

No obstante –no obstante-, el ser se ha desarrollado de tal forma, que es capaz de discutirse a sí mismo según el día, la hora, el mes y el año, por razones que no están claras. Y se discute a sí mismo por lo que ha hecho, por lo que no ha hecho, por lo que hará, por lo que le dicen que haga, por lo que no quiere escuchar que quieren que haga… 

Hay un largo etcétera y complicado sistema discursivo.

Un discurso alienante, que agota. 

Que discute incluso –“incluso”- la evidencia de la vigilia, con la luz, o la oscuridad de la noche... o el silencio y el ruido –por poner extremos-. 

Y así, a unos les gusta la noche, a otros les gusta el día... 

Y, con el gusto de cada ser, se van gestando las distonías. 

Porque se hacen tan... fuertes, que tratan de imponerse y dominar. 

Y se ven tan seguros, que insisten –si sus dominios no se consiguen-, bajo el lema de “perseverar en el logro y la consecución”, hasta debilitar a aquél, a aquéllos, y someterlos.

No es la forma, la manera de ser un habitante que está habilitado, que está habitado, capacitado para generar habilidades y servir a necesidades.

Asignarnos –como propone la Llamada Orante- el carácter de habitantes de Universo, de Universos, nos despierta a la evidencia de que, cualquier tipo de actividad –al nivel que se quiera situar; y no lo nombramos para que realmente sea universal-... cualquier tipo de actividad que cualquier habitante realice, repercute. Y repercutir no significa malo ni bueno. Son categorías, ésas, propias del poder.

Repercutir implica “llegar a”, “tocar a”, “dar a conocer a”, “contactar con”, “escuchar a”, “decir a”. 

Habitados por el Misterio Creador, la configuración de los habitantes tiene como misión transcurrir a la trascendencia, a la vez que permanece en la inmanencia. Y así, dejar la dualidad, asumir la simultaneidad... y configurarse como universos, como ese microcosmos que nos referencia.

Cuando el ser accede a un espacio-tiempo donde cobijarse, las sensateces aconsejan tener una cédula de habitabilidad. Y, así, las autoridades inspeccionan el lugar y los entornos para dar por válido que es un lugar “habitable”. 

Y bien, tomando esa referencia, nos podemos preguntar: 

“¿Somos habitables...? 

¿Somos el espacio vacío, digno, equilibrado, ventilado, acogedor, para que alguien habite... en nosotros? 

Y nosotros, ¿generamos en nuestro entorno condiciones de habitabilidad, en base al respeto, la amabilidad, la prudencia, la colaboración, la disponibilidad?

¿Tenemos esas dos cédulas de habitabilidad...? 

¿O más bien… discutimos con quien nos habita, renegamos de nuestra configuración, tratamos de ser distantes o impositores... con respecto a la habitabilidad hacia el entorno?”.

Y lo que debería ser una convivencia fresca, hábil, capaz, recursiva, alegre, respetable, ¡admirable!, se hace torcida, rebuscada, ‘engritada’, agrietada –como frecuentemente suele pasar-.

Y entre directas, indirectas, sugerencias e insinuaciones, el ser se ve envuelto en un ovillo de ¡presiones!, del que a veces resulta difícil escapar.

Y así se forman atascos, bloqueos, represiones, divisiones, enfrentamientos y costumbres de... ¡de arraigo! De esas que no están dispuestas a descubrir, a conocer, a aprender...; a asombrarse de que habitan en un infinito proceder, y que sólo con esa idea sería suficiente para diluir cualquier contrariedad de opinión, criterio y –lo que es aún más significativo- de cualquier afectividad, emoción... que se somete a discusión, a imposición o a rabia, odio, venganza… ¡Pffff!

La consideración inmediata de sentirse –porque se es- habitante de Universo, de Universos, es que debemos ser habitables. Y habilitadores de... de promoción de espacios. ¡En el plano que sea! 

Y si me digo: “es que yo soy así”, tendré que revisar si ese “así” está siendo una disposición favorable a ser habitado por una Creación, un amor y una dedicación permanente; si tengo consciencia de ello y si, en consecuencia, genero capacidad de habitabilidad... a la tierra, al aire, al alimento; si habilito la opción de compartir, ‘con-geniar’... y darme cuenta de que somos todos necesitados, pero en ningún caso impostores impositivos que aprovechan su característica, su origen, su género, su cultura, su saber. 

Antes se llamaban de otra forma; ahora se habla de “relaciones tóxicas”. Y entonces se crean, en realidad, habitaciones tóxicas. Se crean lugares y espacios y momentos y tiempos, inhabitables. Si somos habitantes de Universo, eso no debe ocurrir. 

Y podemos fácilmente darnos cuenta de que, esas habitaciones, esas relaciones tóxicas se deben permanentemente a un mismo proceso: poder. “A un mismo proceso: poder”. Desarrollar una influencia tal –y capaz-, que imponga, que discuta, que dinamite cualquier conjugación y composición que evolucione hacia lo nuevo, hacia lo creativo, hacia lo necesitado.

Indagarse en las condiciones de habitabilidad que propiciamos hacia nuestras identidades y hacia las entidades que nos rodean, con las que intercambiamos, con las que interactuamos.

Indagar significa, no “iniciar un proceso que, con el tiempo…”. No. Implica un “ya”, un “ahora”, puesto que nuestro transcurrir es imparable.

En la simultaneidad de los procesos, el tiempo sumatorio no existe; ni siquiera la pausa, ni el ritmo.

Es “la permanencia” la que cualifica cualquier situación. Y por motivos de control, dominio, y demás palabras con parecido significado, se establecen días, horas, minutos, segundos, paralelos, meridianos...; y luego leyes, normas, costumbres: “un orden”... al que los seres se afilian. 

Y “órdenes” que claudican ante la universalidad, se hacen parciales y, en consecuencia, conflictivos. 

Es “ahora”. Y, con la palabra “siempre”, siempre es ahora.

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