Duda, deuda y deber

 

Dudas, deudas y deberes se conjugan como necesidad de respuesta ante nuestro discurso cotidiano, ante nuestras creencias, ante nuestras fidelidades.

Las dudas parecen mostrarse de forma competitiva. Sí. Compite la versión que se tiene, con otra que puede acercarse, llamar... 

Y empieza el deshoje de la margarita: sí, no, sí, no...

Ese terrible juego de la ruleta rusa: una bala en un tambor que gira. 

Decía el dicho: “La duda ofende”. Ofende fundamentalmente al que la tiene; y, por añadidura, al entorno que se corresponda. Y va creando una deuda. Sí. Porque no acaba de decidirse, porque ve, o le han dicho, o ha oído, o ha escrito, o le han leído… y aquello sobre lo que creía, adopta otra versión. 

Y la duda florece como si fuera una investigación en busca de aclarar y de encontrar la verdad. ¡Uff!

Y así, una vez puesto en marcha el mecanismo, la duda resuelta hoy será duda mañana; y después, pasado mañana. 

Y así, se hace un ser cotidiano, dudoso, endeudado con la certeza, con no haber capturado y cogido la verdad. Y el deber que le corresponde deja de realizarse, o se realiza de forma incompetente o malhumorada; con lo cual, duda, deuda y deber se juntan. 

Todo ello en la creencia, que es la referencia, que es la pauta, la guía. 

Otros axiomas establecen que hay que dudar permanentemente de todo, para así acercarnos a la verdad. 

Y ciertamente, con esa posición, no hay compromiso, ni testimonio, ni comunión, puesto que todo es dudoso. 

Pero somos seres sociales por naturaleza, por necesidad. 

Pero no será difícil recordar –y ya habrá aflorado- que, en momentos –“momentos”- de enamorada posición, la duda se diluye; no está.

No hay deuda, puesto que se está en el hacer creyente plenamente. 

Y el deber queda cumplido, puesto que el ser ha entrado en la frecuencia, en la dinámica de ese ama-necer. 

Son momentos que pueden durar más, menos... pero que siempre están bajo el acecho de la voluntad, la razón, la lógica, la experimentación, la elección.

Y así es fácil que se crea en esto o en aquello, pero con un margen de duda, de deuda, de deber

La creencia enamorada en el amor evoluciona hacia diferentes fragancias. Y cuando se cultiva, se cuida y se le presta atención, no desfallece. Se hace fiel, y crece en innovación, en descubrir. 

Creer se hace un crecimiento continuado, una expansión de aportes y de descubrir, sin poseer verdades, con la certeza de los sentires.

La Llamada Orante nos pregunta sobre nuestros niveles de creencia en la diversidad de nuestras necesidades, y ahonda en solucionar la deuda, la duda, el deber.

La domesticación de las creencias, que se expande en la propaganda de las libertades, coloca a estas creencias –cualquiera que sea- en ese abismo de las “dudas razonables”... en torno a las cuales surgen los condicionamientoslas condiciones:  lógicas razones que nos llevan y nos llevan y nos llevan a domesticar, a desposeer la innovación, la novedad, el enamorado momento, la amante propuesta. Una vez domesticada se convierte en propiedad y pierde la Gracia.

Domesticar se convierte en un triunfo, porque se doblega y se somete, cualquier proceso, al gusto de cada uno. 

Hace el ser –en ese sentido-, del amor, una querencia posesiva a la que enseña a saltar, a aquietarse, a correr, a pararse... 

Domesticado el Amar, el Amor, pierde su misterio, pierde sus raíces creacionales, y se convierte en un instrumento, en un amiguismo oportunista... que ahora me interesa, ahora sí, ahora no.

Establecido lo doméstico, la costumbre aparece como una exigencia, como un dominio, como un control, como una obligación. 

El Amar, convertido en costumbre, esclaviza todo lo que toca. 

No tiene cabida, en la infinitud, la costumbre del dominio y la exigencia; la monótona permanencia que busca la seguridad entre las nubes. 

Y con esas costumbres, cerca se encuentran y emergen las cercas: el cerco que se hace dogmático, el cerco que hay que defender, el cerco que se ofrece para atacar y expandir su dominio. 

Y así, el ser puede ver cercada su creencia, y precisa ponerles puertas a sus afectos. 

No somos seres de cercas, de rodeadas vallas de espinos. Somos seres fluidos que deambulan entre los vientos y las estrellas. Creídos de su creencia, crecidos en la credibilidad de sus actos. 

Así se configura el desarrollo de la fe, que nos permite tener ese punto de ebullición, ese punto de calor: que, cuando se insinúa la duda, de inmediato se acrecienta la ternura. Y con ella se disipa el temor; ese temor que brinda la duda, y que nos lleva a defendernos y a atacar.

Alertarnos en las exigencias del Amar. 

Exigencias, que son promesas de interno valor; de esas que no suponen trabajo ni fragor, sino que más bien son... pasiones de ilusión. ¡Fantasías de liberación! 

Y ahí, lo doméstico no cabe. La servidumbre desaparece.

No hay duda, deuda... y los deberes no son impuestos que hay que cumplir, sino gozos que hay que realizar.

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La Oración que realizamos es una Oración que no está circunscrita a ninguna religión. Creemos que la Oración puede ser un instrumento Liberador y Sanador. Y tiene como referencia a la Creación, a las diferentes Fuerzas que nos animan sin entrar en ponerle un nombre u otro. La creencia de que la Oración es un elemento indispensable para nosotros, nos llevó a crear un espacio dedicado exclusivamente a la oración: “La Casa del Sonido de la Luz”, un lugar situado en el País Vasco , en Vizcaya, en la estructura de un caserío. Allí se realizan encuentros orantes y jornadas de retiro.

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